domingo, 30 de agosto de 2009

Mientras yo me voy y ana se queda



No le cuesta mirarse en el espejo porque ya no hay nada que reflejar. Tampoco le importa que la ventana esté cerrada mientras la habitación se llena del humo de su cigarro, ¡total, no va a respirar! ¿Quién necesita que paren un mundo que hace tiempo se detuvo para ella?
En el fondo, ella fue todo lo que nunca nadie se atrevió a decir en voz alta.

1.

Ansía la felicidad, envidia el amor y detesta la razón. Se bebe la lluvia por saciar el escozor de su estómago, y fuma para distraer la mente y los labios. Ladea la cabeza para acariciar el cristal y sentir la realidad, aguanta la respiración y cuenta hasta cien. Se muere, respira, y vuelve a ser ella otra vez. Camina descalza, porque el frío la hace (in)feliz. Se desnuda en alma, ya que en cuerpo es incapaz, y viste de blanco para así sentirse más cercana al cielo. Una vez, rozó la infinidad con los dedos y desde entonces no ha vuelto a ser igual. Ahora se pinta los ojos de violeta y camina siempre al revés, esquiva las calles para no sentir a la ciudad, que la mira, la desprecia y ni siquiera sabe quien es. Vive las horas de los años multiplicadas por cien, no ve el final de su vida. No lo quiere, o al menos... no lo sé.