Ansía la felicidad, envidia el
amor y detesta la razón. Se bebe la lluvia por saciar el escozor de su estómago, y fuma para distraer la mente y los labios. Ladea la cabeza para acariciar el cristal y sentir la
realidad, aguanta la respiración y cuenta hasta cien. Se muere, respira, y vuelve a ser ella otra vez. Camina descalza, porque el frío la hace (in)feliz. Se desnuda en alma, ya que en cuerpo es incapaz, y viste de blanco para así sentirse más cercana al cielo. Una vez, rozó la infinidad con los dedos y desde entonces no ha vuelto a ser igual. Ahora se pinta los ojos de violeta y camina siempre al revés, esquiva las calles para no sentir a la ciudad, que la mira, la desprecia y ni siquiera sabe quien es. Vive las horas de los años multiplicadas por cien, no ve el final de su vida. No lo quiere, o al menos...
no lo sé.